Esta nueva sección del blog está destinada a reproducir
textos literarios en los que aparecen las escuelas y sus protagonistas:
docentes, estudiantes, autoridades, etc.
Es un orgullo iniciarla con un amigo y excelente escritor
rosarino, Osvaldo Aguirre, de quien reproducimos algunos extractos de una de
sus primeras novelas, Estrella del Norte.
Estrella del Norte
Por: Osvaldo Aguirre
Osvaldo Aguirre nació en Colón, Buenos Aires, en 1964. Estudió
Letras en la
Universidad Nacional de Rosario. Integró el Grupo de Arte
Experimental Cucaño. En 1993 comenzó su trabajo como periodista en el diario La Capital, de Rosario,
siendo periodista de la sección Policiales hasta el año 2004, siendo luego editor del suplemento Señales de ese matutino rosarino. Su experiencia como cronista policial se vio
reflejada en su libro Notas en un diario (2006), que ganó el premio Ciudad de
Rosario. Su extensa obra abarca diversos géneros. Asimismo, colaboraciones suyas han aparecido en en diversos medios periodísticos y publicaciones culturales, como Todo es Historia, Página 30, Radar, Pistas, Tres Puntos, Veintitrés, Punto de Vista, Bazar americano, Vox, La Pecera, El Jabalí, Hablar de poesía, La ballena blanca, Nadie olvida nada (Jujuy) y Ángel de la lata (Rosario).
Reproducimos a continuación algunos extractos de su
novela Estrella del Norte, de 1998. El protagonista es Tony, un adolescente que
deambula por la gran ciudad buscando señales que le sirvan de orientación. En
el cruce de lo extraño y lo familiar, descubrirá su propio camino. Y en la voz
de los demás, el coraje para encontrar su propia voz. La historia transcurre en
parte en el ámbito de una escuela secundaria, y recorre también la variada
geografía urbana de Rosario. Entre ellos, la estación de ferrocarril Rosario Norte, donde arribaba y partía el legendario tren que da nombre a la novela. Los extractos que seleccionamos presentan algunos
personajes escolares, entre ellos dos profesores: el Loco Laborda y la Flaca Bengoa. Que disfruten la
lectura.
En mi cuaderno de matemáticas de cuarto año tengo anotada
esta frase: “Orientarse es poder determinar una dirección dada, en un punto
cualquiera de la Tierra”.
Recuerdo claramente el momento en que escuché al profesor
decir esas palabras, mientras desplegaba una lámina con el esquema de la rosa
de los vientos. Me gustaría que lo conocieran: el Loco Laborda –así lo
llamamos, en la misma escuela- es un personaje tan extraño como simpático.
Flaco, narigón y de pelo enrulado, nervioso y a la vez metido en pensamientos
secretos, que sólo él parece conocer, es capaz de hablar sin parar desde que
entra hasta que sale del aula, reír como toda respuesta cuando alguien hace una
pregunta en clase o palidecer, ponerse repentinamente serio y tomar toda la
hora para contestar a una tonta broma.
Recuerdo también la absoluta concentración con que fui
escribiendo la oración, cómo las letras trazaban un relámpago azul sobre la
página cuadriculada. Si ocurriera ahora, cuando comienzo a rebobinar cosas que
me pasaron y quedaron grabadas en mi memoria, no me impresionaría tanto. Pero
esa vez dejé la birome a un costado del pupitre con mucho cuidado, como si
tuviera miedo de despertar a alguien o como si en vez de una Bic usara una
Parker de cristal. Y alcé la vista hacia la ventana del aula, hacia el mundo
que más allá de las cuatro paredes de la clase se desplegaba para mí como un
espacio desconocido y caótico. “Orientarse”, pensé. “Orientarse es determinar
una dirección…”
De la ventana, llena del sol de septiembre, mis ojos
pasaron a fijarse en la oscuridad del pizarrón, en cuyo centro el Loco Laborda
acababa de dibujar un círculo.
- Ésta sería la constelación de Casiopea –dijo, e hizo
una especie de M en el interior del círculo, a la izquierda.
- Si no tuviera una brújula –agregó a continuación, como
si de pronto se le hubiera ocurrido una idea-, ¿de qué manera podría saber
dónde está el norte?
- Preguntando –respondió el gordo Atila, el encargado de
hacer los chistes.
Algunos se rieron, pero la mayoría seguía pendiente de
las palabras del profesor.
También a él lo había hechizado la luz de la ventana,
porque tenía puesta allí su mirada. Por mi parte, volví a parpadear ante el
relámpago azul que refulgía en la hoja cuadriculada. Repetí, en voz baja, como
si recitara una fórmula mágica: “Orientarse es poder determinar una dirección
dada…”
El Loco Laborda trazó un cuadrado en el centro exacto del
círculo y después pequeños triángulos en cada uno de sus lados. El pizarrón, me
di cuenta, ya no era un simple pedazo de madera pintado de negro.
- Hay que buscar este punto –dijo el profe, y apuntó con
la tiza al corazón de ese cielo que teníamos en el pizarrón-: la Estrella del Norte.
Estaba lejos de ser un estudiante destacado, pero en los
años que llevaba de la secundaria había faltado muy pocas veces a clase. Ese
dato no tendría demasiada importancia si no fuera porque terminó siendo el tema
de una conversación de recreo.
Fumábamos un cigarrillo, con Atila y Luca, en el baño de
la escuela. Entre una pitada y otra, expliqué que mi familia no hacía grandes
discursos sobre la necesidad de asistir siempre a clase; parecía una simple
cuestión de costumbre.
Luca tomó la colilla del cigarrillo, que yo le alcanzaba,
y entre asombrado y burlón me preguntó si me animaba a faltar, a hacer una
chupina, como se dice. Contesté que sí.
- Pero, por ejemplo, si yo te dijera: “Mañana nos
encontramos antes de entrar a la escuela y pasamos toda la mañana en el río”,
¿aceptarías? –insistió Luca.
- Más vale –dije.
Mi amigo tenía un brillo extraño en los ojos. En ese
momento no supe si era por el humo del cigarrillo, que nublaba su visión, o si
quería observar algo particular en mí, quizás el agujero negro que se revolvía
en mi interior, a mucha profundidad. Más tarde pude notar que el significado de
esa mirada era otro, y bien distinto.
- Bueno –continuó-. Mañana nos encontramos antes de
entrar a la escuela…
El último examen del año era la excusa. Harta de gritar
para “imponer el orden y el silencio”, según suele decir, y de una serie de
terribles guerras a tizazos, gomas, cuadernos y todo lo que se encontraba a
mano sobre los pupitres, la profesora de química, la Flaca Bengoa, había anunciado
que, como no iba a llegar a dar todo el programa, teníamos que estudiar dos
unidades al hilo y rendir en quince días una prueba.
- Pero usted no puede tomar ese examen –intentó razonar
entonces el gordo Atila.
- ¡Nadie le preguntó su opinión! –gritó la profesora, con
la cara como un tomate-. ¡Se calla o va a la dirección!
Grita porque no sabe cómo hablarnos. Nada que ver con el
Loco Laborda.
- ¡No voy a callarme ante una injusticia! –respondió
Atila, y dio un golpe de puño en su banco, simulando indignación-. ¡Nos va a
tomar cosas que usted no enseñó!
Pero no hubo caso. Y además el gordo tuvo que soportar
que la Hiena Fernández,
el celador del curso, lo llevara de una oreja hasta secretaría para dar
explicaciones a Marta Mónica, la directora de la escuela.
Marta Mónica parecía muy joven como para ser directora.
No sé qué edad tendría, y tampoco importa. Quiero decir que, cuando hablaba, no
deliraba con pretensiones imposibles o ejemplos falsos. Como el Loco Laborda, tenía
sus particularidades: una era dar un discurso, antes de entrar a clase, todos
los 24 de marzo, para recordar los horribles años de la última dictadura
militar; una vez incluso invitó a unas Madres de Plaza de Mayo, dos viejitas
con pañuelos blancos en la cabeza, que tenían bordados con hilo azul las
palabras “Juicio y castigo a los culpables”. A veces gritaba o ponía sanciones
irrevocables; pero –lo sé ahora, cuando vuelvo sobre mi memoria- ésos eran los
días malos que cualquier persona sufre en este mundo extraño, dulce y cruel.
La Flaca Bengoa, en
cambio, no tenía perdón. Era una profesora de esas que ya en el primer día te
está matando con problemas, ecuaciones, deberes, retos y amenazas de
amonestación. Una verdadera tortura, lo juro: y que me caiga muerto si no es
verdad. Y la chapina no iba a servir de mucho: era tirar la pelota para
adelante, porque después, en la clase siguiente, la Flaca nos haría sentar en un
rincón del aula o nos separaría con cara de “los voy a aplazar a todos”. Pero
el examen, dije, daba una excusa: me parece que las chapinas se hacen siempre
por la chapina misma, por estar una mañana libres de las Obligaciones y
Responsabilidades con que cargan nuestras frágiles espaldas. Aunque, si me
preguntaban en ese momento, creo que no habría podido pensar eso –ni en ningún
otro motivo en particular.
El plan fue expuesto por Luca, que es siempre el más
afectado por los exámenes de química, como lo demuestra una colección de
aplazos que bien podría ser propuesta para integrar el libro Guinness de los
récords.
- Para que no nos descubran, tenemos que ser pocos –dijo,
cuando horas más tarde empezamos a discutir el asunto en el New Beatles, uno de
los bares de la calle Brown, donde los pibes del barrio iban a ver chicas, a
jugar en unos flippers y a dejar pasar cada tarde con largas charlas,
discusiones y bromas.
- Solamente nosotros –dijo el gordo Atila, antes de
engullir en dos bocados una impresionante hamburguesa especial.
- Solamente nosotros –repitió Luca, otra vez con esa expresión
misteriosa en su mirada.
Los dos me miraron. Asentí con la cabeza.
Y así fue como el planeta Tierra empezó a girar de otra
manera.
La chupina implica un rito. Todos lo saben, y si hay vida en otros planetas, los estudiantes de esos otros mundos seguramente cumplen con el suyo. El nuestro comenzó por encontrarnos a una cuadra del colegio, en una plaza, bajo la copa de un impresionante ombú, quince minutos antes de entrar al patio donde nos alineábamos por curso, sexo y estatura ante el mástil, la bandera, Marta Mónica, los profesores, la Hiena y los demás celadores. Tanto Luca como Atila habían tenido la precaución de llevar ropa de calle guardada en sus mochilas.
- Traje unas medialunas –dijo Atila, mientras mostraba
una abultada bolsita de papel madera-, por si se nos presenta algún
contratiempo…
Los “contratiempos”, para el gordo, consistían en
quedarse en algún lugar donde no hubiera comida a mano.
Con las corbatas sueltas, las camisas blancas
arremangadas y un cigarrillo que pasaba de mano en mano, bajamos hacia el río,
para ver el sol de primavera impreso como un sello contra el agua quieta y
oscura.
Encontrar en una chupina a la Hiena Hernández era lo peor que
podía pasarte. En la escuela se contaban historias increíbles, com que había
atravesado la ciudad llevando de la oreja hasta su casa a chicos descubiertos
mientras charlaban tranquilamente en una plaza o un bar, o que al día
siguiente, con sólo mirarte a los ojos y enfrentarte con su risita típica,
podía darse cuenta de si realmente estabas enfermo o te habías tirado toda la
mañana en el New Beatles, alrededor del Monumento a la Bandera o soñando con los
ojos abiertos ante el horizonte envuelto en nubes y niebla donde parecía
hundirse el río. Podíamos comprobar la fama de la Hiena Fernández al encontrarnos
con chicos de otros barrios de la ciudad y hablar de nuestra escuela.
- ¿De la
ENET número catorce? –preguntaban, de pronto pálidos, casi
con horror-. ¡La escuela de la Hiena
Fernández!
¡Es que el tipo no sabía lo que era la piedad o la
lástima!
- Si me ponen esas amonestaciones –había mentido Atila
una vez; y anécdotas de éstas, lo juro, hay miles- quedo libre. Y si quedo
libre, me echan de mi casa, me internan pupilo. Y si me internan pupilo…
- Francini, a dirección –repetía la Hiena, sin escucharlo, con
una semisonrisa y un brillo en las comisuras de los labios.
- ¿Qué puedo hacer? –lagrimeaba el gordo-. ¿Adónde voy a
ir? Si me internan pupilo, pierdo a mis amigos. Y si pierdo a mis amigos…
- Francini… -y ya insinuaba la risita aterradora.
¡Y cuando se volvió, en el andén, tenía esa cara de perro
que busca la presa!
Nos miramos con Atila: “Ahora mismo”, dijimos con una
mímica frenética de los labios, “hu-ya-mos”. Luca ya se habría puesto a
cubierto. Tratamos de ocultarnos entre la gente, que abría como un vacío ante
nuestro paso, para atravesar a toda velocidad el andén y salir por los fondos
de la estación, que daban a la canchita de fútbol donde habíamos pasado tantas
tardes, con torneos de gol-entra y coca cola, o maratónicas sesiones de
cabeceadas y penales. Eso sin contar los partidos de El Imperio de Pichincha
–un equipo que alguna vez formamos en el barrio- versus Resto del Mundo –un
rejuntado de pibes de Echesortu, Arroyito, Refinería y otras zonas de Rosario.
Libronautas:
Osvaldo Aguirre - Estrella del Norte
Este video forma parte del ciclo Libronautas, producido
por el Programa Señal Santa Fe, iniciativa conjunta de la Secretaría de
Producciones e Industrias Culturales del Ministerio de Innovación y Cultura y la Secretaría de
Comunicación Social del Ministerio de Gobierno y Reforma del Estado, que
desarrolla contenidos audiovisuales con el objetivo de poner en común la
memoria, la historia y la cultura santafesina.
Libros de Osvaldo Aguirre
(Foto de Héctor Rio)
Poesía:
Las vueltas del camino (1992)
Al fuego (1994)
Narraciones extraordinarias (1999)
El General (2000)
Ningún nombre (2005)
Lengua natal (2007)
Tierra en el aire (2010)
Campo Albornoz (2011)
Novelas:
La deriva (1996)
Estrella del Norte (1998)
Graffiti Ninja (en colaboración con Eduardo González, 2007)
Los indeseables (2008)
Todos mienten (2009)
El novato (2011)
Cuentos:
Velocidad y resistencia (1995)
La noche del gato de angora (2006)
Rocanrol (2006, premio Fondo Nacional de las Artes)
El año del dragón (2011)
Investigaciones periodísticas:
Los pasos de la memoria: casos de desaparición de
militantes políticos en Rosario (1996)
Historias de la mafia en la Argentina (2000)
Enemigos públicos. Los más buscados en la historia
criminal argentina (2003; Finalista del premio Rodolfo Walsh. Semana Negra de
Gijón)
La pandilla salvaje. Butch Cassidy en la Patagonia (2004)
La conexión latina. De la mafia corsa a la ruta argentina
de la heroína (2008)
Crónicas:
Notas en un diario (2006)
La
Chicago argentina (2006)
Otros:
El margen, el centro (2006), con notas y entrevistas
sobre la literatura de Jujuy
Una poesía del futuro (2009), compilación de entrevistas
al poeta entrerriano Juan L. Ortiz
Hablados por la poesía (2010), selección de entrevistas a grandes poetas
También editó las obras poéticas de Arturo Fruttero y Felipe
Aldana.
Merece una recomendación especial un texto de Osvaldo Aguirre en el que evoca la geografía y diversos momentos de su infancia, que puede leerse en:
Año 1921. Sábado a la noche. Calle Suipacha 74, en la ciudad
de Buenos Aires. Hay reunión en la sede de la Federación de Empleados de Comercio, un modesto local con apenas algunas mesas,
sillas y bancos. Aquí y allá, colecciones de periódicos socialistas y
anarquistas, un pizarrón que anuncia temas y oradores de las próximas
conferencias. Retratos en las paredes, señales contestatarias que cubren un
amplio espectro: de Lenin y Trotsky a Pi y Margall, pasando por Kropotkin, Malatesta
y los mártires de Chicago.
Lentamente afluyen obreros, empleados y estudiantes. Varones de gorra o
sombrero y corbata, mujeres con faldas de tubo y el corte à la
garçonne que recientemente impuso el coiffeur polaco Monsieur
Antoine. Jóvenes en su mayoría. Una juventud inquieta y politizada por los
recientes vientos de la historia. Vientos del este, de lejana procedencia: la
onda expansiva del gran experimento social que ya llevaba tres años en la
lejana Rusia revolucionaria. Vientos del oeste, de la cercana Córdoba, donde un
par de años atrás estallara la Reforma Universitaria.
Y remolinos de la propia city porteña, que había visto insurgir a sus huestes
proletarias en la semana roja de los talleres Vasena.
Los también jóvenes organizadores
de la conferencia son, en su mayoría, estudiantes universitarios que han
conformado el grupo Insurrexit y editan la revista del mismo nombre. Son
el ala izquierda del movimiento reformista, sin vínculos orgánicos con ningún
partido. Están por ejemplo el rosarino Francisco Piñero, estudiante de abogacía,
e Hipólito Etchebehere, santafesino de Sa Pereira, estudiante de ingeniería. Alguna
vez han aportado su firma a la revista colaboradores de fuste, como Nicolás
Olivari, Leónidas Barletta, Arturo Capdevila, Horacio Quiroga y un joven
peruano llamado Víctor Raúl Haya de la Torre.
Pero volvamos por un momento
al local sindical donde está por
comenzar la conferencia. Allí, en un rincón del local, conversan tres mujeres. Tres
mujeres de edades diferentes que alguna otra vez han compartido una merienda en
la confitería Ideal, también en calle Suipacha, o departido en el Café
Tortoni, sobre Avenida de Mayo. Tres mujeres que escriben y firman sus
artículos en las páginas de Insurrexit. Tres mujeres insurrectas: una
estudiante y dos maestras.
La primera mujer tiene 19
años. Nació en Moises Ville, Santa Fe, en 1902; hizo la secundaria en el
Colegio Nacional de Rosario, donde integró la agrupación femenina anarquista Luisa
Michel, y hace un año está en Buenos Aires para estudiar Odontología. Se
llama Micaela Feldman.
La segunda es una maestra de
29 años, nacida en Suiza. Comenzó la escuela primaria en la provincia de San
Juan, y a los 17 años se inscribió en la Escuela Normal Mixta
de Maestros Rurales de Coronda, en Santa Fe. A los 20, ya recibida, se instaló
en Buenos Aires y tuvo un hijo que crió como madre soltera. Fue docente en la Escuela para Niños Débiles
del Parque Chacabuco, una institución creada por Hipólito Yrigoyen para
contrarrestar los efectos de la pobreza, y directora en el colegio Marcos Paz.
A la par, escribe para diarios y revistas y publica libros de poemas que van a
imponer su nombre en el panorama literario del país: se llama Alfonsina Storni
Martignoni.
La tercera mujer del grupo
también es maestra y tiene 24 años. Nació en Pigüé, provincia de Buenos Aires,
y estudió en la Escuela Normal
de Olavarría. A los 20, ya recibida, dio clases en la Escuela Nº 3 de Pigüé y creó
una revista literaria con el nombre del pueblo. Al año siguiente editó su
primer libro, Palabritas, con lecturas para niños en edad escolar. Para la
época de la reunión trabaja en escuelas de la zona Sur del Gran Buenos Aires.
Su nombre, Herminia Brumana.
Tres mujeres insurrectas: una
estudiante y dos maestras. Tres destinos diferentes.
La estudiante de Odontología,
ya recibida, se consagrará de lleno a la actividad política revolucionaria y
atravesará diversos avatares en variadas geografías. Aunque no ha seguido el
magisterio, vivirá durante muchos años en Francia dando clases de español. Llegará
a vivir 92 años y será recordada sobre todo por su etapa española, como la
única mujer que alcanzó el grado de capitana en las milicias republicanas
durante la guerra civil.
La maestra poeta se dedicará
de lleno a la literatura, se consagrará como una de las máximas poetas
argentinas y vivirá 46 años, hasta su tráfico final al arrojarse al mar desde
una escollera en la ciudad de Mar del Plata.
La docente de Pigüé iba a
desarrollar una multifacética actividad como maestra,
escritora, periodista, dramaturga y activista feminista. No abandonó nunca su
profesión de maestra y en sus escritos fundamentó con gran inteligencia y
osadía la lucha por los derechos de las mujeres, por la justicia social, y por
una escuela que tuviera en cuenta sobre todo las necesidades educativas de los
niños más pobres.
Mika. Una santafesina
libertaria
Por: Isolda Baraldi
Isolda Inés Baraldi nació
en Rosario el 13 de diciembre de 1956. Vivió en Guaminí. Estudió Comunicación
Social en la
Universidad Nacional de la Plata. Fue periodista del
diario La Capital,
en particular del Suplemento Mujer, y colaboradora de Rosario 12. En 2009
publicó Cosas de esas, un libro que reúne algunas de sus crónicas, relatos de
ficción y otros textos narrativos. Fue profesora del instituto de periodismo
TEA sucursal Rosario. Obtuvo el Premio Juana Manso de la Municipalidad de
Rosario dedicado a periodistas que promueven los derechos de las mujeres. Falleció
a los 53 años, el 5 de marzo de 2010. En 1911, el Sindicato de Prensa de
Rosario la honró poniendo su nombre a la sala de su laboratorio multimedia. El
siguiente artículo fue publicado en el Diario La Capital, de Rosario, el 26
de julio de 2009.
Siglo XX, cambalache,
problemático y febril, escribió Discepolín, y fue su modo de dar cuenta de una
etapa no sólo en la
Argentina sino en el mundo, que puso las contradicciones al
límite de su tensión. Tanto fue así que muchos filósofos lo sindican como el
siglo más violento de la historia y en que los cambios se hicieron
vertiginosos. No fue para menos las dos guerras mundiales que definieron la
vida de la humanidad. Y más allá de los héroes oficiales de la historia, está
la gente. Todos aquellos que dieron sus vidas para que otras vidas puedan ser
mejores. En definitiva aquellas personas que sabían de qué lado estaban siempre,
aunque cambiaran de países y de escenarios.
Las ideas marxistas y
libertarias llegaron a la
Argentina de mano de los inmigrantes y allí de un modo u otro
se encontraron desde Borges, que luego se arrepentiría para siempre, hasta
Roberto Arlt, entre tantos otros intelectuales, que de una u otra manera
colaboraron con los militantes anarquistas, socialistas y comunistas. En contra
del fascismo creciente y el capitalismo salvaje y explotador que empujaba la
modernidad mundial. En Santa Fe hubo muchos héroes anónimos; pero sin dudas una
mujer se lleva las palmas por su participación activa de la historia: Mika
Feldman, nacida en Moisés Ville, Santa Fe, el 14 de marzo de 1902 (falleció el
7 de julio de 1992). Sin embargo no la retuvo la rutina pueblerina del lugar,
por el contrario, llegó a ser la única mujer que comandó tropas en la Guerra Civil
Española, en las filas de los anarquistas y trotskistas del Poum. En este año que
se cumplen los 70 años del final de esa guerra fratricida, no sólo están
saliendo a la luz crímenes de lesa humanidad sino que también aparecen esos
héroes de carme y hueso que dieron su vida por la libertad.
Pero la historia de Mika no se
ató exclusivamente al estudio y a la participación febril de la política
mundial, también vivió (tal vez era de esperar), una gran historia de amor
junto a otro santafesino: Hipólito Etchebéhére, oriundo de Sa Pereira (Santa
Fe), nacido con el siglo (8 de marzo de 1900), y que murió en la Guerra Civil Española
al poco tiempo de llegar con su compañera. Mika, de adolescente, residió en
Rosario y aquí sobresalió con sus ideas libertarias como otras alumnas del
Colegio Nacional. El mundo estaba cambiando y en plena adolescencia (15 años)
ya era dirigente estudiantil. Pero fueron muchos los argentinos que se
conmovieron primero por la
Primera Guerra Mundial y luego por la Revolución Rusa. Claro
que todo estuvo acompañado por vanguardias artísticas que tuvieron sus protagonistas
aquí y allí. El mundo entero discutía el futuro de la humanidad. La crueldad no
estaba ausente y las huelgas de Vasena más los fusilamientos de la Patagonia, lejos de
amilanar a la pareja la empujó hacia otros caminos. Fue en Buenos Aires donde
Mika conoció a Hipólito y desde ese momento no se separaron más hasta la muerte
de él.
Después de recorrer la Patagonia se fueron a
Berlín (Alemania) donde estaba el Partido Comunista más grande de Europa y que
podía cambiar la humanidad. Pero junto con eso se gestaba el nazismo. En esa
instancia, fueron a España que había logrado nombrarse República y derrotar la
monarquía. Y allí fueron cinco días antes de que estallara la guerra civil. A
los pocos días murió Etchebéhére y Mika continuó en la lucha. Dicen que trataba
a los milicianos con rigor pero con un cariño especial. Hay una frase célebre
de cuando estando en la trinchera se desbarrancó y estuvo a punto de morir.
Luego escribió: "qué forma idiota de morir hubiera sido esa".Con esas
garras peleó y perdió Mika en España, lo que la llevó a exiliarse en Francia. Y
allí murió, pero antes no se privó de estar en las barricadas de mayo del 68
otra vez para pelear por las ideas libertarias. Mika murió en Francia viviendo
de sus traducciones y defendiendo sus ideas sin bajar los brazos.
Palabras sobre mi madre
Alfonsina Storni
Por: Alejandro Alfonso Storni
Esta
semblanza fue enviada por su autor, Alejandro Alfonso Storni, hijo de Alfonsina
Storni, a Fredo Arias de la
Canal en julio de 1999, quien la incluyó como introducción en
su libro El protoidioma en la poesía de Alfonsina Storni, publicado por
Frente de Afirmación Hispanista, México, 2001. Este libro, que incluye
numerosos poemas de Alfonsina Storni, puede consultarse completo en:
Cuando en la vida una persona logra
una posición determinada, por ejemplo la que alcanzó Alfonsina Storni en las
letras; cuando voces tan altas como la de mi madre -Díez Canedo, Federico de
Onís, Jacinto Benavente, Alfonso Reyes y otros no menos célebres- le prodigaron
sus elogios; cuando su poesía fue traducida al italiano, al francés, al inglés,
al sueco, al alemán, ¿qué resonancia podrá tener una voz familiar que intente
exaltación? Hoy, colocado en el trance de tener que presentarla a aquellos que
no la conocieron, desearía ser lo más preciso posible; descorrer con una mano
firme esa cortina que tiende el tiempo, para que la puedan ver como yo la veo
en este momento: movediza, activa, vivaz, constructiva, comunicativa, locuaz,
pero triste y silenciosa en la intimidad.
Mi madre era una mujer luminosa, con
un sentido casi masculino de la amistad pero profundamente femenina. Una melena
prematuramente cana, enmarcaba un rostro sumamente joven; tenía los ojos, ora
verdes, ora acerados; una sonrisa triste y una risa alegre. Su figura menuda;
su andar nervioso; caminaba a pequeños pasos. Costaba seguirla. Si me
preguntara qué rasgo de su carácter podría destacar, contestaría sin titubear:
el amor a la verdad. Paradójico, pero exacto. Quien mintió sin tregua, según su
propia confesión, entre los 5 y los 11 años, inventando crímenes o incendios
que nunca registraba la crónica periodística, hizo de la verdad su norma de
vida. Alfonsina, y permítaseme que así la llame, luchó desde pequeña a brazo partido con la
existencia y si alcanzó la posición a que precedentemente hice referencia,
tenga el lector la seguridad que poco le debe al azar y mucho a su energía y
coraje indomables.
¿Dónde nació la escritora? ¿En
la Argentina?
¿En Suiza? ¿En el mar? Según la familia Del Mónico, vieja amistad de los
Storni, enraizada en la Suiza
italiana, ella nació en el mar. Atilio Caronno, otro gran amigo recientemente desaparecido,
así siempre lo afirmó. Pero lo positivo es que su nacimiento, ocurrido el 29 de
mayo de 1892, fue registrado en Salla Capriasca, pequeña aldea del cantón
ticcino. Al respecto estimo conveniente hacer una aclaración. Ella quería
profundamente a Suiza, pero siempre se proclamó argentina y tomó carta de
ciudadanía en cuanto estuvo en condiciones de hacerlo. Por otra parte, tenía
dos hermanos mayores argentinos (María y Romeo) que desde pequeña le hablaron
de su querido San Juan, de montañas que se perfilaban hacia el oeste, de
grandes acequias que surcaban una generosa tierra de aliento. Y fue ahí en San
Juan, en la escuela normal de esa provincia, donde aprendió a leer en un libro
que se procuró con su ingenio y lo defendió contra su pecho. Malos vientos comenzaban
a soplar para los Storni. Alfonsina tiene que dejar la escuela en segundo grado
y recién retomará los estudios, años más tarde, en primer año en la Escuela Normal de Coronda.
A los cinco años sorprende con sus improvisaciones, pero recién a los trece es
cuando empieza a escribir. Unos coscorrones matemos la traen a la realidad,
pero la llama ya está encendida y sólo las olas de una mar violenta la podrán apagar.
A los doce años trabaja en una fábrica de gorras. Quien
nació en Europa, en un viaje de placer de sus padres, tiene que emplearse de
obrera para poder ayudar a su hogar que se tambalea. Pero la iniciativa, le
pertenece. Hasta ahí llega ese enorme sentido de responsabilidad que la niña
posee. Catorce años tiene cuando el gran Tallaví, al oírla recitar en Rosario,
quiere incorporarla a su compañía. La oposición materna frustra el intento. Esto que estoy relatando no pretende ser su biografía. Son
simples pincelazos, algo dicho al correr de la pluma, espontáneamente sin
seguir un orden, con el sólo objeto de que el lector se interiorice en algunos
detalles de su vida pródiga en acontecimientos.
Incorporada a la Escuela Normal de
Coronda, donde se distingue por sus condiciones, egresa como la mejor alumna de
su promoción y con su humilde título de maestra rural, sale al encuentro de
Buenos Aires. En su maleta trae pobre y escasa ropa, unos libros de Darío y sus
versos. La gran ciudad la atrae y la asusta al mismo tiempo. La
ciudad es absorbente y no se entrega así porque sí.
La vida es dura y hay que trabajar. ¿De maestra? ¿Cómo? ¿Dónde?
¡Hay que trabajar de cualquier cosa! Un aviso en un aviso en un diario aclara
el panorama: "Se necesita corresponsal psicológico". Cuando Alfonsina
se presenta, casi cien varones son sus competidores. Ninguna mujer. La niña
provinciana se siente como una hoja en la tormenta. La redacción de una carta
comercial y la de dos avisos, uno anunciando yerba y otro aceite, le abren las
puertas de la casa Freixas Hnos. y así entre cilindros de yerba y latas de aceite,
con un fondo de máquinas de escribir, nace La inquietud del rosal. Corre
el año 1916. Al dejar la casa Freixas, -de tan buen recuerdo para ella- para
entregarse a la docencia, vive Buenos Aires un momento muy especial de su
cultura, al que no es ajena una Europa en llamas y desangrándose. Los
escritores, los plásticos, los músicos, vibran con ella, y las voces de
Lugones, de Payró, de Ingenieros, entre muchas otras, se levantan plenas de autoridad.
La irrupción de una voz femenina, dulce pero firme en medio de ese coro de
voces masculinas, causa en un principio, asombro, pero más tarde es admitida
como algo natural y hasta cierto punto lógico.
Natural por supuesto para ellos los escritores, los plásticos, los músicos. ¿Pero
para los demás? ¿Para los que no escriben? ¿Para los que no pintan ni esculpen?
¿Para los que no componen? ¿Para los que hacen de su propia cobardía un arma de
combate? ¿Para los anacrónicos? ¿Qué les habrá parecido esa voz femenina en
medio de ese coro de voces masculinas? Alfonsina Storni fue la primer mujer que
asistió regularmente a banquetes. ¿Trivial? ¡Ahora! ¡Pero entonces...!
Muy pequeño era yo. Seis años
apenas. La nariz aplastada contra el vidrio de la ventana, la espalda contra el
pecho de mi madre. Afuera el patio y el jardín nevados. Nieva
en Buenos Aires: 1918. Ese año publica El dulce daño y en años sucesivos
Irremediablemente y Languidez. Una poesía sin concesiones le
cierra algunos caminos. Su nombre ya ha traspasado los límites de nuestros
círculos literarios. Su canto ya se escucha en toda América. Tiene 28 años
cuando una célebre colección barcelonesa -que sólo edita a consagrados- le
publica una selección de sus poesías, pero ella sigue siendo la misma, jovial,
modesta, pero con un preciso sentido de su valer. Corriendo, siempre corriendo.
Del Teatro Infantil Labardén a las tres escasas horas que dicta en Lenguas
Vivas; de ahí al Conservatorio Nacional de Música y Declamación, donde enseña
como en el Labardén, arte escénico. Alentando, siempre alentando. Entregada a su
pasión: enseñar. Testigos de lo que afirmo son Paulina Singerman, Amelia Bence,
Delia Garcés y otras tantas artistas hoy consagradas. Tierna, llena de dulzura,
con la mirada puesta en las cosas hermosas. Viendo todas las tardes el río,
desde la "Munich" de la
Costanera, para extraerle al estuario más matices de los que
posee. En la escuela nocturna enseña a adultos castellano y aritmética.
Uno que otro alumno sabe que hace versos. Pero eso, ¿qué
importancia tiene? Enseñar sí, enseñar, enseñar siempre. En el teatro infantil
Labardén usa un guardapolvo de seda cruda que le permite marcar los papeles con
toda soltura y si para mejor éxito de la escena hay que arrojarse al suelo, al
suelo va ella.
Ahora las indicaciones son precisas.
Allí va la escalera. La escalera finge una montaña y por ella trepa Alfonsina. Infatigable, trabajando
intensamente con honestidad; poniendo en cada gesto, en cada palabra o en cada
silencio el sello de su amor por la profesión que había elegido. Al teatro de
niños legó dos obras maravillosas: Blanco... negro... blanco y El
dios de los pájaros, donde la autora acerca al niño a nobilísimas
expresiones estéticas, mediante la exaltación de valores perdurables: el amor y
la amistad.
Pese a ese continuo trajinar,
Alfonsina escribe cuentos, novelas breves, artículos en "La Nación" con el
seudónimo de Tao-Lao, críticas y obras teatrales. En marzo de 1927 se pone en
escena en el Teatro Cervantes, de Buenos Aires, El amo del mundo. La
noche del estreno asiste el presidente de la República Dr.
Marcelo T. de Alvear. La sala está colmada. Artistas, críticos, periodistas,
intelectuales están presentes. La obra provoca un verdadero revuelo. La crítica
le cae con fuerza implacable. Cuesta trabajo perdonar a quien por defender los derechos
de la mujer, vulnera, por contrario imperio, el de los hombres. La citada
comedia dramática, las farsas Cibelina en mil novecientos y pico... y Polixema
y la cocinerita y una obra no publicada ni representada: La debilidad de
mister Dougall, constituye con más de diez obras para niños, además de las
mencionadas, su aporte al teatro.
El mar es en Alfonsina algo así como
un presentimiento, algo hermoso y no definido; una prolongación verde-azul de
la vida en busca de un camino de madrépora que conduzca a la verdad
desconocida. El mar, el amor, las rosas y la muerte están siempre presentes en
la obra de la escritora. Son ideas asidas a su espíritu con la misma intensidad
con que se aferran las raíces al suelo. Con Languidez tiene Alfonsina la
satisfacción de obtener el Primer Premio Municipal y el Segundo Premio Nacional
de Poesía, pero es en Ocre -editado en 1925- donde su verso raya a mayor
altura. Ocre es -sin duda- el libro donde la idea y el estilo han
fructificado en magnífica conjunción y es el que -además- cierra el ciclo de
una modalidad que la autora abandonará definitivamente y cuya razón hay que
buscarla en profundos cambios anímicos y no en otra cosa.
Entre Ocre y Mundo de
siete pozos (1934) Alfonsina Storni escribe Poemas de amor, libro
éste de una mesurada modernidad. Mundo de siete pozos, obra de marcada transición,
entre la antigua forma de expresión y la moderna de Mascarilla y trébol
(1938), es un mensaje desesperado, pero antilírico. Es una lucha que libra para
desasirse de la primera modalidad que la sujeta y entregarse a una nueva a la
que la arrastra la corriente que hay dentro de sí. Así nace Mascarilla y
trébol, vital en su contenido e intención. La autora simboliza en el
título, la eterna lucha de la vida y la muerte, subjetivismo éste, denso y
terrible; juego perpetuo de la flor y del hombre.
Verano de 1938. Estamos en Pocitos.
La mañana es calurosa. Llega hasta nosotros una leve brisa del mar. Mi madre
habla pausadamente, con tranquilidad, como si no hablara de ella. Me confiesa
los serios temores que le inspira su salud. Me resisto a creerlo. La veo
viajando en automóvil desde Colonia rumbo a Montevideo invitada por el
presidente del Uruguay, Dr. Terra, a reunirse con Juana de Ibarbourou y
Gabriela Mistral, escribiendo, llena de vida -sobre una valija que ha puesto
sobre sus rodillas- la conferencia que va a pronunciar en el memorable
encuentro y que por circunstancias señaladas tituló: "Entre las manecillas
de un reloj y un par de maletas a medio abrir".
Escucho su voz potente y bien
timbrada, interrumpida por la risa amable de ese querido pueblo hermano
acogiendo con simpatía su charla. Palabras sencillas y valientes. Maravillosamente
dichas a un público también maravilloso. Cuesta creerlo, pero la suerte está
echada. Estamos en primavera. Alfonsina, desde su Romancillo Cantable
nos dice: "para fin de setiembre cuando me vaya...". Pasa
septiembre... Cada vez se escuchan más cerca "romper los brotes".
Cuando la mañana del 25 de octubre
de 1938 un mar casi en calma, tras una noche de horror, devuelve su joven
cuerpo de 46 años, su rostro tiene una expresión serena.
El 9 de mayo de 1920, en la
primera página de la segunda sección del diario La Nación, una columna firmada
por Tao Lao, pseudónimo de Alfonsina Storni, sostenía:
"Si de 7 a 8 de la mañana se sube a un
tranvía se lo verá en parte ocupado por mujeres que se dirigen a sus trabajos y
que distraen su viaje leyendo. Si una jovencita lectora lleva una revista
policial, podemos afirmar que es obrera de fábrica o costurera; si apechuga con
una revista ilustrada de carácter francamente popular, dactilógrafa o empleada
de tienda; si la revista es de tipo intelectual, maestra o estudiante de
enseñanza secundaria, y si lleva desplegado negligentemente un diario, no lo
dudéis... consumada feminista
(…)".
Tú me quieres blanca
Herminia Brumana
Herminia Brumana nació en
Pigüé en 1897. Descendiente de italianos, en un gesto aparentemente poco común
para la época, pudo ir a estudiar el magisterio en la escuela Normal de
Olavarría. Ni bien se graduó volvió a Pigüé a ejercer el cargo de maestra
primaria. Allí, en 1917 comenzó a sacar una revista que llevaba el nombre del
pueblo y en 1918 publicó un libro de lecturas para sus alumnos, Palabritas.
Continuó su actividad en la zona sur del Gran Buenos Aires y más tarde en
Capital Federal. Publicó luego ocho trabajos de relatos y ensayo (Cabezas de
mujeres, 1923; Mosaico, 1929; La grúa, 1931; Tizas de
colores, 1932; Cartas a las mujeres argentinas, 1936; Nuestro
Hombre, 1939; Me llamo niebla, 1946; A Buenos Aires le falta una
calle, 1953) y escribió once obras teatrales de las cuales tres se
estrenaron. Colaboró con diversas revistas, tanto de divulgación masiva como de
distintos grupos de izquierda y literarias. Participó en programas radiales.
Hay obra suya no publicada. En 1943, invitada a dar una conferencia por la New School
for Social Research, recorrió los Estados Unidos y México dando charlas
sobre la actividad literaria argentina. Había viajado anteriormente dos veces a
Europa. El 9 de enero de 1954 murió, enferma de cáncer. Se organizó entonces la
sociedad Amigos de Herminia Brumana que editó sus Obras completas en 1958,
organizó concursos sobre la vida y obra de la escritora y, al cumplirse los
diez años de su fallecimiento, publicó Ideario y presencia de Herminia
Brumana, una selección de sus pensamientos y de trabajos sobre la autora de
compatriotas y latinoamericanos. Si bien formalmente se identifica a Herminia
Brumana como “maestra y escritora”, no son los valores estético-literarios los
que la destacan, sino el contenido de su obra destinado fundamentalmente a
denunciar las injusticias sociales en general y de la institución escolar en
particular y, sobre todo, la cuestión de la mujer. De formación
anarco-socialista, sin embargo no tuvo una militancia que la ligara
directamente a ningún grupo en particular, del mismo modo que, si bien estaba
ideológicamente cercana a los sectores literarios de Boedo, no perteneció a
ningún círculo. Su voz se dirigió especialmente a los sectores medios
argentinos, y en ellos a las mujeres, con el objeto de que ellas se hicieran
dueñas de sí mismas y a la vez se convirtieran en palancas de transformación social.
Esta breve biografía de
Herminia Brumana ha sido tomada del texto que le ha dedicado Herminia Solari,
Licenciada en Filosofía y Profesora de la Universidad Nacional
de Mar del Plata. El texto íntegro, "Herminia Brumana ante la condición
humana", puede consultarse en:
Lo social como interpelación a
la pedagogía: mujeres educadoras en disputa con sus épocas
Por: Myriam Southwell
Myriam Southwell es Profesora
y Licenciada en Ciencias de la
Educación en la Universidad Nacional
de La Plata,
realizó su Maestría en Educación en FLACSO Argentina y su doctorado en la Universidad de Essex
(Inglaterra). Actualmente es Investigadora del Conicet, titular de la Cátedra de Historia de la Educación Argentina
y Latinoamerica de la
Universidad Nacional de La Plata, docente de FLACSO, Presidente de la Sociedad Argentina
de Historia de la Educación,
y miembro del Consejo Superior de la UNIPE. Presenta una serie de publicaciones en el
campo de la educación, la política e historia.
Hacia 1920, la revisión de
algunos preceptos del liberalismo republicano y de la pedagogía tradicional que
había nacido a su abrigo, junto con una mayor visibilidad de la infancia como
sujeto de atención, intentó remover los cimientos del modelo cristalizado del
normalismo tradicional, otorgando al maestro mayor libertad en el ejercicio de la
profesión. En esas décadas, surgieron muchas tensiones disputando al interior
del terreno educativo: entre otras, la demanda social por la formación docente,
la declinación de la cultura cientificista, el ascenso de las corrientes
espiritualistas y el peso creciente de la Iglesia sobre las políticas estatales.
Vinculada a ese amplio movimiento
de revisión, Herminia Brumana va a poner de relieve cómo los problemas
sociales, en particular la desigualdad social, repercuten en lo escolar y al mismo
tiempo esboza que la escuela tiene un rol activo ante ello, logrando incidir
sobre esos problemas. Si Juana Manso tenía una preocupación por alcanzar el
republicanismo, y Raquel Camaña proponía llegar a los lugares y a esferas de lo
humano a los que la educación no había llegado, Hermina Brumana se va a
preocupar por la construcción de instituciones más justas tomando determinada
posición frente a aquellos problemas que siendo más generales atraviesan
también las paredes de la escuela y llegan a los rincones del salón de clase.
Los años de las décadas de 1920 y 1930 son años de crisis social y pobreza en
los sectores urbanos; esta realidad no era algo novedoso en la escuela
argentina de entonces, pero el tratamiento que solía tener era moralista,
disciplinador de un modo autoritario, descalificatorio de las condiciones y
saberes que un sujeto pobre traía consigo al aula. Herminia desarrolla una mirada
menos descalificadora y más desafiante para el trabajo docente (ver relato Los
deberes)
Como las dos educadoras antes
mencionadas, Brumana discute las concepciones más frecuentes sobre la mujer y
lo hace desafiando los estándares morales que se establecían para ellas, sobre
todo si se trataba de maestras. Afirmaba «lo importante es la autonomía
intelectual que la vocación crea a las mujeres» (1932).Respondiendo a una carta
de una maestra normalista que le pide consejos, Brumana le escribe:
–Ande por la calle y mire
viendo. (La
calle es fuente de toda vida. Recórrala y aprenderá cosas que no traen
los libros. Vaya al teatro, al cine, a oír conferencias, músicas, al circo.)
–Coquetee y tenga novio
cuando pueda. (Una maestrita con ilusión trabaja con más gusto.)
–Cuide su físico y su
manera de vestir. (Es deber de toda maestra ser lo menos fea posible y dar
siempre una nota de buen gusto en su vestir.)
–Cultive un arte (música,
pintura) y si no puede, aprenda idiomas.
–Lea, lea todo lo que
pueda, lo que caiga en sus manos. (Brumana, 1932)
La década de 1930 vivió
momentos de arbitrariedad política y fortalecimiento del culto a la
nacionalidad con formas militarizadas y restrictivas, articuladas con un reforzamiento
del catolicismo vinculado a la educación. Contrariando el contexto, Herminia
planteaba otro modo de vincularse con la nacionalidad, diferenciado de las formas
ligadas a la exaltación de figuras heroicas:
“Porque desde mi cátedra digo
la verdad a mis alumnos y no les declamo que mi país es el mejor del mundo,
sino que les señalo sus defectos para que los subsanen. Digo que en mi país hay
analfabetos que reclaman escuelas, provincias que tienen enfermos, donde la
tuberculosis y el alcoholismo hacen estragos. No digo que mi patria es
poderosa. Enseño cómo puede llegar a serlo”.
Estas tres educadoras,
mostraron cómo la desigualdad y la injusticia interpelaban su trabajo, ponían
en cuestión el lugar y la tarea docente. En ese gesto, había una muestra de los
límites del ideario civilizador y de que la injusticia, inherente a la relación
social, requería una fuerte intervención humana para ser corregida. Claro está que
estas voces que recogemos no fueron las únicas, sino que convivieron con la
conservación de las formas de educación y de relación social más tradicionales.
Desde posiciones políticas distintas, el problema de la injusticia social se
alzaba en voces. Docentes socialistas, comunistas, anarquistas,
demócrata-progresistas, radicales, demócrata-cristianos, peronistas, etc.,
disputaban por ponerle otros sentidos, simbólicos y materiales, a la
distribución cultural que la escuela ejercía.
El artículo completo al que
pertenece el anterior extracto fue publicado en Cuadernos de trabajo # 2 año 1:
Pedagogía social y educación popular. Perspectivas y estrategias sobre la
inclusión y el derecho a la educación. 2011, UNIPE: Editorial Universitaria. La Plata, Provincia de Buenos
Aires. Puede consultarse en:
Apareció en 1932 en su libro
“Tizas de Colores”, en el que presenta sus experiencias en la escuela primaria. Reproducido también en sus Obras completas, Claridad, 1958, Buenos Aires.
Me mandan un alumno a la
dirección y entra con un hosco gesto partiéndole en dos la frente ensombrecida.
No es necesario preguntarle
nada para saber que la vida no lo acogió en el sendero de los felices. Tiene el
cuerpo flaco, las rodillas ásperas, las zapatillas gastadas, el guardapolvo con
remiendos, las manos nudosas y los ojos –los ojos, el espejo del alma– preñados
de angustia.
No sé si la maestra ha podido
ver todo eso, porque generalmente la maestra, a fuerza de ver los programas, el
horario, el método, el procedimiento, el inspector y la técnica, concluye por no
ver al niño.
Me lo han mandado “porque no
hace los deberes ni estudia la lectura y no sirve para nada”.
Para captarme su confianza
le hablo de cualquier cosa, lo primero que se me ocurre:
—Qué lástima, cómo se ha
ensuciado el patio con esta humedad. ¿Viste?
—A “nosotro” nos embroma
este tiempo para lustrar.
Ya está todo, ya no hace falta
averiguar nada más para explicarse por qué es mal alumno.
Trabaja, lustra.
—Y cuando la lustrada está
floja —me dice después de otras cosas—, los lunes y los viernes vendo
pastillas...
—¿Y tu papá, qué hace?
—A mi papá lo llevaron al
hospicio; estaba loco de tanta bebida...
¡No me atrevo a preguntar más,
ni cuántos hermanitos son, ni qué hace la madre, ni nada!
Me quedo doblada en dos,
enmudecida, porque ya no es la primera vez que me contestan así, porque estoy
cansada de comprobar que estos llamados malos alumnos no lo son por propia voluntad,
sino porque la vida los maltrató primero. Ya me está dando miedo investigar
nada, ya me está dando miedo acariciar un chico porque en seguida me abre su
corazoncito, y ese corazón está siempre lleno de tragedia. ¡Y lo peor es que el
mío no se endurece a fuerza de sufrir con la pena de estas criaturas, sino que
se sensibiliza más y más, a tal punto que a veces me basta sólo la fugaz mirada
de un niño para comprenderlo todo!
¡No, no me atrevo a preguntar
nada más! Pero tengo que justificar mi autoridad en la escuela, tengo
que intentar siquiera algo para decirle a la maestra que este alumno me ha
prometido cumplir con sus deberes, repasar la lectura, atender en clase.
Y después de hablar un
rato, termino pidiéndole:
—Me traes a mí una copia nada
más. Cortita,
lo que puedas, con lápiz, como sea. Una vez por semana... y si puedes dos. Así yo
le diré a la maestra que me traes a mí los deberes, ¿entendido?
Sí, me lo promete. Me lo
promete y cumplirá. ¡Y yo tendré en mis manos unas hojitas borroneadas,
sucias, escritas con esas manos nudosas y ásperas que lustran zapatos de los otros
para poder comprarse zapatillas!
¡Primero será una copia,
después el problema, luego más, más! Yo soy maestra y tengo el deber de
pedirles trabajo para la escuela.
Porque si no fuera así, y me
dejara llevar por el impulso de mi corazón, es probable que, cruzada de brazos
delante de estos alumnos que no tienen padre, que comen mal y duermen peor, que
cuentan diez años y ya saben lo amargo que es ganarse la vida, dijera:
—¿Deberes? Ustedes no
tienen que hacer deberes. Jueguen en la calle si les queda tiempo, aprendan
lo malo, háganse miserables. Nada de deberes. Ustedes no tienen ni el
deber de ser buenos, porque les han negado el derecho a la felicidad.